miércoles, 13 de marzo de 2013

¿Conga o cónclave?



Si hace algunos años (bastantes) me preguntasen: ¿Qué hacen 115 personas en fila y cantando? mi respuesta, sin duda, sería: “bailar la conga”. Y si en ese momento me bombardeasen a través de la televisión, la prensa y las redes sociales con imágenes de un grupo de señores vestidos de rojo que van de un sitio a otro en fila india cantando en una lengua extraña para que al final, otro señor, mientras cierra una puerta enorme de madera diga: “¡extra omnes!”… creo que afirmaría como el fornido Obelix: “¡están locos estos romanos!”.

¿Cuántas personas miran con ilusión, esperanza y fe este momento histórico? Muchísimas. Pero ¿cuántas lo ven con escepticismo, desconocimiento o sencillamente indiferencia? No me atrevería a responder, pero ojalá fuesen menos.

Nos toca vivir un momento histórico dentro de la Iglesia Católica. Y, curiosamente, los medios se hacen eco de ello diariamente (unos con mayor fortuna que otros). Muchas personas no comparten todo este bombardeo mediático (están en su legítimo derecho); pero más de 1.200 millones de católicos (también en su respectivo derecho) han contemplado con emoción en la tarde de ayer el ingreso en la capilla Sixtina de los 115 cardenales, representantes de las iglesias de los cinco continentes, que tendrán la responsabilidad de elegir al nuevo Papa.

¿Cuántas veces lo importante queda nublado por lo anecdótico? Alguno ha podido ver en el inicio del cónclave una “conga” anacrónica, extraña y misteriosa en la que participaban numerosos señores vestidos de rojo; pero también puede dejar a un lado los prejuicios –para dar un paso más– e intentar comprender qué es lo que han experimentando millones de creyentes al ver entrar a los cardenales procesionalmente en la capilla Sixtina.

En este sentido, los creyentes, como si de la “toma de la Sixtina” se tratase, han acompañado a todos y cada uno de los cardenales electores. Unidos por una misma fe en Dios Uno y Trino permanecen junto a ellos a través de la oración, pero no como algo mágico, sino como algo sobrenatural.

Desde esta fe, toda la Iglesia –Cuerpo vivo, como expresó Benedicto XVI en su última audiencia– han visto cómo 115 pastores, con sus defectos y sus virtudes, han ingresado en la capilla más famosa del mundo (por los menos durante estos días) para “dejar hacer” al Padre, único protagonista de la historia. Procesionalmente han invocado a los santos para que estos intercedan ante el Hijo, único protagonista de la historia. Y juntos han entonado el Veni creator Spiritus (Ven, Espíritu creador) para que sea Él, y no otro, el protagonista de la historia.

Un católico ve el cónclave desde esta perspectiva: más allá de lo meramente mediático, más allá de las conspiraciones, más allá de las cábalas, más allá de los “preferiti”, más allá de las profecías de Nostradamus o Malaquías, más allá… ¡esto es! desde la fe se puede ver “más allá”, con una visión sobrenatural, porque el Espíritu Santo actúa a través de la elección de unos cardenales y configura a uno de ellos, sólo a uno, como sucesor de Pedro, obispo de Roma, principio de unidad de toda la Iglesia, pastor supremo... Sí, todo esto, pero no por sus méritos (aunque sean muchos o pocos, siempre serán insuficientes) sino por la gracia del Espíritu Santo.

A la luz de estos renglones uno puede pensar: “ya están los curas hablando de cosas de curas”; y en cierto modo es así porque el tema en cuestión lo requiere. Pero no escribo para “convencidos”, escribo para todo aquel que quiera leer y no tenga miedo a descubrir lo que otros puedan pensar o creer; sin enfrentamientos, desde el sano diálogo, desde el dejarse sorprender.  

Hoy son muchos los ojos que están puestos en esa pequeña capilla… unos ven una conga –como yo en su día–, otros ven un cónclave. ¿Conga o cónclave? Yo, hoy, digo cónclave.

Oscar Valado
Roma, 13 de marzo de 2013

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