lunes, 25 de mayo de 2020

Prefacio para después de la Ascensión



PREFACIO PARA DESPUÉS DE LA ASCENSIÓN


EN LA ESPERA DE LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO

55. Este prefacio se dice en los días que siguen a la Ascensión hasta el sábado antes del domingo de Pentecostés.

EN verdad es justo y necesario,
que todas las criaturas, en el cielo y en la tierra,
se unan en tu alabanza,
Dios todopoderoso y eterno,
por Jesucristo, tu Hijo,
Señor del universo.

El cual,
habiendo entrado una vez para siempre
en el santuario del cielo,
ahora intercede por nosotros,
como mediador que asegura
la perenne efusión del Espíritu

Pastor y obispo de nuestras almas,
nos invita a la plegaria unánime,
a ejemplo de María y los apóstoles,
en la espera de un nuevo Pentecostés.

Por este misterio de santificación y de amor,
unidos a los ángeles y a los santos,
cantamos sin cesar el himno de tu gloria.

Santo, Santo, Santo

miércoles, 20 de mayo de 2020

Prefacio de la Ascensión I y II



PREFACIO I DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

EL MISTERIO DE LA ASCENSIÓN

53. Este prefacio se dice en el día de la Ascensión del Señor. También puede decirse este prefacio, o bien uno de los de Pascua, en los días siguientes hasta el sábado antes del domingo de Pentecostés, en las misas que no tienen prefacio propio.

EN verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.

Porque Jesús, el Señor,
el rey de la gloria, vencedor del pecado y de la muerte,
ha ascendido [hoy], ante el asombro de los ángeles,
a lo más alto de los cielos,
como Mediador entre Dios y los hombres,
como Juez del mundo y Señor del universo.
No se ha ido para desentenderse de nuestra pobreza,
sino que nos precede el primero como cabeza nuestra,
para que nosotros, miembros de su Cuerpo,
vivamos con la ardiente esperanza
de seguirlo en su reino.

Por eso, con esta efusión de gozo pascual,
el mundo entero se desborda de alegría,
y también los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles,
cantan el himno de tu gloria diciendo sin cesar:

Santo, Santo, Santo...




PREFACIO II DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

EL MISTERIO DE LA ASCENSIÓN

54. Este prefacio se dice en el día de la Ascensión del Señor. También puede decirse este prefacio, o bien uno de los de Pascua, en los días siguientes hasta el sábado antes del domingo de Pentecostés, en las misas que no tienen prefacio propio.

EN verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.

El cual, después de su resurrección,
se apareció visiblemente a todos sus discípulos
y, ante sus ojos, fue elevado al cielo
para hacernos participes de su divinidad.

Por eso, con esta efusión de gozo pascual,
el mundo entero se desborda de alegría,
y también los coros celestiales,
los ángeles y los arcángeles,
cantan el himno de tu gloria diciendo sin cesar:

Santo, Santo, Santo...





miércoles, 13 de mayo de 2020

La última lección del Padre Calo

Mucho y bien se ha escrito en estos últimos días sobre el P. José López Calo con motivo de su fallecimiento. Quizás podríamos destacar el post de Ángel Medina en su blog: «En el adiós a una leyenda de la Musicología», las sentidas palabras de Pilar Alén en «De acordes, cánticos y "jubilus"» o incluso el homenaje que rindió Juan Carlos Asensio y Schola Antiqua interpretando el «Kyrie - Rex inmense», sin olvidar el recuerdo que se ha podido ver en las redes sociales de tantas personalidades e instituciones públicas y privadas.

Mi modesta contribución ha sido publicar un vídeo –que incluyo al final del post– con «La última lección del P. Calo» aderezada con numerosas imágenes inéditas de su archivo/biblioteca personal, la cual se encuentra ahora mismo en la biblioteca de la Universidad de Comillas (Madrid) donde se ha creado el Fondo CIMRE. Biblioteca Padre López Calo. En este contexto, en el que el P. Calo se retiraba a la Casa San Estanislao que tienen los padres jesuitas en Salamanca a finales del año 2016, se despedía de Santiago de Compostela –donde vivió desde 1974– y de la vida pública.

El 16 marzo de 2017, con motivo del VII Congreso Internacional del Órgano Hispano celebrado en Santiago de Compostela, el P. Calo participó en la jornada inaugural en la que se le rindió un sentido homenaje por su contribución al mundo del órgano hispano. Tuvo una célebre intervención sin papel alguno y el benemérito organista Enrique Ayarra también dedicó unas cariñosas palabras que se recogen en las Actas del congreso.


Enrique Campuzano, Padre Calo, Oscar Valado, Manuel Cela
El 8 de agosto de 2017, en la XL edición de los Cursos de Música en Compostela y con una capilla del Hostal de los Reyes Católicos a rebosar... presentó el XX Cuarderno de Música en Compostela con el título: «La música de Santiago de Compostela, año 1175. El Alborear de la Edad Media», la cual él mismo me pidió que preparara la presentación (pinchar aquí para ver el texto). ¿Quién le diría que no al P. Calo?


Oscar Valado, Enrique Jiménez, Padre Calo, Ramón Yzquierdo
El 18 de octubre de 2017 se celebraron en Santander las XLVI Jornadas Nacionales de Liturgia, organizadas por la Comisión Episcopal de Liturgia de la Conferencia Episcopal Española. El tema de esas jornadas era: «La música litúrgica en España. A los 50 años de la instrucción Musicam sacram»  y era indiscutible que en ellas tenía que participar el último testimonio vivo de las complejidades que rodearon la redacción de este documento. El padre Calo aceptó... pero a última hora no pude participar porque con sus 96 años no se veía con fuerzas para emprender viaje a Santander. Eso sí, su compromiso por aportar su testimonio se materializó en esta última lección, «Rememoraciones litúrgicas de un noventón», que enlazo aquí: Revista Pastoral Litúrgica 357 (2017) 29-38. 


Finalmente, 15 de diciembre de 2018 le concedieron la medalla de oro en su pueblo natal, Nebra (Porto do Son), donde estuvo visiblemente emocionado, entre otras cosas, al escuchar al prestigioso grupo vocal Vox Stellae, del cual fue responsable de su formación en el año 2003 para ejemplificar musicalmente una conferencia suya sobre la música de Semana Santa en la Catedral de Santiago.


Después de estas idas y venidas entre Salamanca y Santiago... el mayor tiempo de su día a día lo dedicaba a escribir sus memoria... pero, sobre todo –como él decía– , a preparar su encuentro con el Padre eterno.  

D.E.P.

martes, 12 de mayo de 2020

¿Qué significa "amén"?



En nuestra vida diaria hacemos muchas cosas por rutina, y la "rutina" no es en mala en sí misma, sino que lo malo sería no preguntarnos porqué los hacemos... pues lo mismo sucede con lo que decimos. Te has preguntado alguna vez qué significa la palabra "Amén"? Más allá de la respuesta rápida de "así sea". Pues ahí vamos!

"Amén" es una de esas palabras hebreas que utilizamos con mucha frecuencia, así como el Aleluya, al que ya hemos dedicado una entrada e incluso un vídeo didáctico: ¿Qué significa Aleluya?

La palabra Amén significa literalmente: verdad, y por su raíz tiene relación directa con la palabra fe (ver imagen superior). Aunque por su uso también se ha traducido en muchas ocasiones por: “así es, así sea, que conste”, como una fórmula de confirmación o asentimiento. 

En el Antiguo Testamento encontramos la palabra Amén con esta última acepción de "conformidad" en el libro del Deuteronomio (27,15-25) como respuesta a cada una de las 12 maldiciones que caerán sobre los que no cumplan la Ley:
Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o fundido —abominación del Señor, obra de las manos de artífice— y lo coloque en lugar secreto. Y todo el pueblo dirá: Amén. Maldito quien desprecie a su padre o a su madre. Y todo el pueblo dirá: Amén. Maldito quien remueva los mojones de su vecino. Y todo el pueblo dirá: Amén. Maldito quien desvíe a un ciego en el camino. Y todo el pueblo dirá: Amén. Maldito quien viole el derecho del emigrante, del huérfano y de la viuda. Y todo el pueblo dirá: Amén. Maldito quien se acueste con la mujer de su padre, porque abre el lecho de su padre. Y todo el pueblo dirá: Amén. Maldito quien se acueste con cualquier bestia. Y todo el pueblo dirá: Amén. Maldito quien se acueste con su hermana, hija de su padre o hija de su madre. Y todo el pueblo dirá: Amén. Maldito quien se acueste con su suegra. Y todo el pueblo dirá: Amén. Maldito quien mate a escondidas a su prójimo. Y todo el pueblo dirá: Amén. Maldito quien se deje sobornar para quitar la vida a un inocente. Y todo el pueblo dirá: Amén. Maldito quien no mantenga las palabras de esta ley para cumplirlas. Y todo el pueblo dirá: Amén.
Otro ejemplo sería el del libro de Tobías (8, 4-8), ya que el Amén brota como respuesta de la oración que hacen Tobías y Sara:
Tobías se levantó de la cama y dijo a Sara: «Levántate, mujer. Vamos a rezar pidiendo a nuestro Señor que se apiade de nosotros y nos proteja». Ella se levantó, y comenzaron a suplicar la protección del Señor. Tobías oró así: «Bendito seas, Dios de nuestros padres, y bendito tu nombre por siempre. Que por siempre te alaben los cielos y todas tus criaturas. Tú creaste a Adán y le diste a Eva, su mujer, como ayuda y apoyo. De ellos nació la estirpe humana. Tú dijiste: “No es bueno que el hombre esté solo; hagámosle una ayuda semejante a él”. Al casarme ahora con esta mujer, no lo hago por impuro deseo, | sino con la mejor intención. Ten misericordia de nosotros y haz que lleguemos juntos a la vejez». Los dos dijeron: «Amén, amén». 
También en el libro de Judit (13, 18-20) encontramos la expresión Amén del pueblo tras la oración de Ozías:
«Hija, que el Dios altísimo te bendiga entre todas las mujeres de la tierra. Alabado sea el Señor, el Dios que creó el cielo y la tierra y que te ha guiado hasta cortar la cabeza al jefe de nuestros enemigos. Tu esperanza permanecerá en el corazón de los hombres que recuerdan el poder de Dios por siempre. Que Dios te engrandezca siempre y te dé felicidad, porque has arriesgado tu vida al ver la humillación de nuestro pueblo. Has evitado nuestra ruina y te has portado rectamente ante nuestro Dios». Toda la gente respondió: «¡Amén, amén!». 
Esta misma conclusión: «¡Amén, amén!» la encontramos en los salmos 41, 72 y 89.

Por último –en el Antiguo Testamento– encontramos la referencia a la palabra Amén en su sentido más literal: verdad, por ejemplo en el profeta Isaías (65, 15-16):
Dejaréis vuestro nombre a mis elegidos como un juramento: “Que te dé muerte el Señor Dios. Pero a sus siervos los llamará con otro nombre”. Quien sea bendecido en el país, será bendecido por el Dios del Amén, y quien jure en el país, jurará por el Dios del Amén, porque se olvidarán las angustias del pasado y quedarán ocultas a mis ojos».
En el Nuevo Testamento encontramos en numerosísimas ocasiones la palabra Amén. Es significativo su uso en los evangelios: en Mateo 31 ocasiones; Marco en 13; Lucas en 8 y Juan en 50. Es decir, entre los sinóptico y Juan suman más de cien ocasiones en las que Jesús pronuncia las palabras "Amén, amén..." para introducir una afirmación solemne, verdadera, subrayando la autoridad con la pronuncia lo que viene a continuación, que no es otra que la "Verdad" (Dios). Sin embargo, mientras que en griego y en latín se ha conservado la palabra hebrea (amén), en las traducciones al español de la Biblia se ha traducido por "en verdad":


Esta palabra heredada del Antiguo Testamento y, como hemos visto, empleada por Jesús, se introdujo también en la liturgia de la Iglesia primitiva, apareciendo en diversas fórmulas de alabanza a Dios (doxologías) que se encuentran en la Carta a los Romanos (1,25; 9,5; 11,35; 15,33; 16,27) en 2ª Corintios (1,20), Gálatas (1,5; 6,17), Efesios (3,21), Filipenses (4,20), 1ª Timoteo (1,17; 6,16), 2ª Timoteo (4,18), Filemón (1,25), Hebreos (13,21), 1ª Pedro (4,11; 5,11), 2ª Pedro (3,18), Judas (1,25) y por supuesto en la visión de Juan sobre la liturgia celeste en el Apocalipsis (1,6-7; 7,12; 22,20). En todas ellas se confirma y se expresa la confianza en el Señor.

En este último libro de la Biblia, el Apocalipsis (3,14), encontramos también el uso del Amén como nombre proprio que se identifica con Cristo: "Esto dice el Amén, el testigo fiel y veraz, el principio de la creación de Dios".

Por otra parte, en el principal texto del judaísmo rabínico, el Talmud (siglo VI), encontramos que interpretan la palabra Amén como un acróstico que significa: Señor, Rey, en quien confío.


En la actualidad nosotros decimos constantemente Amén en el contexto de numerosas oraciones  o aclamaciones uniéndonos con este asentimiento consciente y decidido al final. Sin ir más lejos, en una misa dominical, por ejemplo, respondemos Amén hasta en doce ocasiones:
  1. Saludo inicial
  2. Acto penitencial 
  3. Gloria
  4. Oración colecta
  5. Credo
  6. Oración de los fieles
  7. Oración sobre las ofrendas
  8. Doxología
  9. Rito de la paz
  10. Comunión
  11. Oración después de la comunión
  12. Bendición
Pero si tuviésemos que destacar algún "Amén" sobre otro en la celebración, estos serían:

A. Doxología: Después de la gran oración dirigida al Padre que es la Plegaria Eucarística se finaliza con una gran aclamación que  –cantada o recitada– es exclusiva del sacerdote que preside y los concelebrantes si los hay, a la cual asiente el pueblo de Dios con un solemne Amén al cual no se suma el sacerdote o sacerdotes concelebrantes (cf. OGMR 236). "Al final de la Plegaria Eucarística, el sacerdote, toma la patena con la Hostia y el cáliz, los eleva simultáneamente y pronuncia la doxología él solo: Por Cristo, con Él y en Él. Al fin el pueblo aclama: Amén", (OGMR 151). 




B. Comunión. Este "Amén" en respuesta a "El Cuerpo de Cristo" es un gesto de adoración ante el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, ya que “en la Eucaristía no es que simplemente recibamos algo. Es un encuentro y una unificación de personas, pero la persona que viene a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros es el Hijo de Dios. Esa unificación sólo puede realizarse según la modalidad de la adoración” (Benedicto XVI, Discurso a la Curia romana, 22 de diciembre de 2005).

Para finalizar quizás sea importante recordar que después de la Oración del Señor Padre nuestro no se dice Amén, ya que el Padre nuestro dentro de la Misa tiene una estructura muy concreta: Invitación / oración (sin amén) / embolismo / doxología: "el sacerdote hace la invitación a la oración del Padre nuestro y todos los fieles, juntamente con el sacerdote, dicen la oración sin decir Amén porque el sacerdote, nuevamente solo, prolonga la Oración del Señor añadiendo el embolismo (líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días...). El embolismo que desarrolla la última petición del Padre nuestro pide con ardor, para toda la comunidad de los fieles, la liberación del poder del mal. A esta petición el pueblo responde concluyendo con la siguiente doxología: Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor (cf. OGMR 81). De ahí que lo recomendable es cantar solo el texto de la propia oración como lo indica el Misal y no otros que interrumpe la dinámica propia de este momento añadiendo o quitando elementos en la celebración.









martes, 5 de mayo de 2020

Prefacio IV de Pascua






PREFACIO PASCUAL IV

LA RESTAURACIÓN DEL UNIVERSO POR EL MISTERIO PASCUAL


V/. El Señor esté con vosotros. R/. Y con tu espíritu.
V/. Levantemos el corazón. R/. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V/. Demos gracias al Señor, nuestro Dios. R/. Es justo y necesario.

EN verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación
glorificarte siempre, Señor;
pero más que nunca exaltarte en este tiempo glorioso
en que Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.

Porque, demolida nuestra antigua miseria,
fue reconstruido cuanto estaba derrumbado
y renovada en plenitud nuestra vida en Cristo.

Por eso,
con esta efusión de gozo pascual,
el mundo entero se desborda de alegría,
y también los coros celestiales,
los ángeles y los arcángeles,
cantan el himno de tu gloria diciendo sin cesar:


Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.



lunes, 4 de mayo de 2020

El Buen Pastor

El IV domingo de Pascua se celebra en la Iglesia el día del Buen Pastor, ya que en la liturgia de la palabra de este día se proclama el evangelio que hace referencia a Jesucristo como Buen Pastor:

CICLO A - Jn 10, 1-10. 
Yo soy la puerta de las ovejas
CICLO B - Jn 10, 11-18. 
El buen pastor da su vida por las ovejas
CICLO C - Jn 10, 27-30. 
Yo doy la vida eterna a mis ovejas

Cabe recordar que ahora, en la actualidad, los cristianos nos identificamos completamente con la "cruz", sin embargo, en los primeros siglos del cristianismo no era así; es decir, las primeras comunidades no representaban jamás a Jesús crucificado, por ello no se encontrarán representaciones de Cristo crucificado hasta el siglo V. Siendo la figura del Buen Pastor la que representaba desde el inicio a Cristo, y así lo pintaron en las catacumbas de San Calixto y de Priscila respectivamente:


La imagen de "buen pastor" se identifica claramente con Dios ya en el Antiguo Testamento. Los judíos, oraban a Yahvé identificándolo con el "pastor" que cuida y guía al rebaño ... así lo encontramos en el libro de los salmos: 


El Señor es mi pastor, nada me falta: 
en verdes praderas me hace recostar; 
me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; 
me guía por el sendero justo, 
por el honor de su nombre. 
Aunque camine por cañadas oscuras, 
nada temo, porque tú vas conmigo: 
tu vara y tu cayado me sosiegan. 
Preparas una mesa ante mí, 
enfrente de mis enemigos; 
me unges la cabeza con perfume, 
y mi copa rebosa. 
Tu bondad y tu misericordia me acompañan 
todos los días de mi vida, 
y habitaré en la casa del Señor 
por años sin término.

También encontramos estas menciones a Dios como "pastor" en el profeta Ezequiel (34, 12 ss) y también en Isaías (40 y 63). En todas ellas Dios, como buen pastor, protege y guía con amor a su rebaño. No es de extrañar, pues, que Jesús tomara esta imagen para identificarse como el Mesías, el enviado por Dios, ya que resultaba familiar a todos los que le escuchaban . 

Por esta razón, el domingo del Buen Pastor surge espontáneamente recordar a todos los Pastores de la Iglesia, aquellos que a imagen de Jesús, Buen Pastor, cuidan con cariño a los que le han encomendado. A estos se les denomina de muchas formas: presbítero, sacerdote, padre, cura...  y quizás sea esta denominación: "cura" la que identifica mejor con la imagen del Buen Pastor, ya que “cura” proviene del latín "curatio" que significa "cuidado", "cura". En este caso, es el que cuida las almas, el que las “cura”. 

En la actualidad son muchas las críticas y los prejuicios que se pueden escuchar sobre los pastores de la Iglesia, pero también es cierto que hace más ruido un árbol que cae que mil que crecen. Pese a la existencia de algunos casos deplorables, no podemos dejar de afirmar que existen miles de pastores que cada día entregan su vida llevando consuelo a los enfermos, esperanza a los presos, alimento a los que no tienen nada… y de ellos poco se habla. 

Pero además, son muchos los que intentan cuidar y guiar a los que tiene a su lado desde su humildad y sencillez acompañándolos en los momentos más significativos de la vida: el nacimiento de una nueva vida, su crecimiento, el matrimonio... pero también en los momentos más difíciles de llevar como la enfermedad o la muerte. Es más, el buen pastor da el mejor alimento, la Eucaristía; acoge y perdona a través del sacramento del perdón. Es decir, acompaña en la vida y en la muerte, para que alcancemos un día la vida eterna.

 






lunes, 27 de abril de 2020

¿Qué significa "Aleluya"?


En nuestra tradición cristiana hemos heredado muchas cosas de nuestros hermanos mayores los judíos, tal y como hemos visto en el post anterior sobre el tiempo de Pascua. Una de esas herencias es mantener en nuestras celebraciones litúrgicas tres palabras en hebreo: amén, hosanna y aleluya. Hoy me detendré en esta última.

La palabra ALELUYA es una aclamación litúrgica que nos une con los judíos ya que aparece en el Antiguo Testamento: en 21 ocasiones en el libro de los Salmos y 1 en  Tobías 13,18; también con Jesús, ya que la palabra "aleluya" la encontramos en el Nuevo Testamento, en el libro del Apocalipsis hasta en 4 ocasiones en el contexto de la descripción que san Juan hace de su visión sobre la liturgia celeste (cf. Ap 19,1-6). Por último, esta palabra también nos une a siglos y siglos de fe cristiana en Oriente y Occidente.

Para profundizar en el verdadero sentido de la palabra "aleluya" debemos partir del original hebreo: הללויה. La primera premisa es que el hebreo se lee derecha a izquierda, por ello, lo primero que vemos al inicio es: Hallel, que significa alabar o alabanza.


El Hallel es un grupo determinado de seis salmos (del 113 al 118) que se cantan en la cena ritual de la Pascua Judía, el Pésaj. Este conjunto de salmos reciben este nombre (Hallel) porque todos ellos son una constante alabanza a Dios por todo lo que ha hecho desde la creación. El mismo Jesús cantó estos salmos en su última cena, tal y como lo indican los evangelios de Mateo y Marcos: "Después de cantar el himno salieron para el monte de los Olivos" (Mt, 26,30; Mc 14,26). Este "himno" es el Hallel.


El siguiente elemento sería la “U”, que es un imperativo plural de segunda persona, y así ya tendrías: HALLELÚ: alabad; y, finalmente, YAH, que es la abreviatura de YAH. En definitiva, ALELUYA significa: “alabad a Dios”.
 
Aunque como acabamos de comprobar el origen apunta a la "alabanza a Dios", esta palabra se ha llegado a identificar también con la alegría, gozo... júbilo; y ya San Agustín decía que cantar con «jubilo» es expresar lo que uno lleva en el corazón y no se puede expresar solo con palabras:

“Cantadle un cántico nuevo, cantadle con maestría" (Sal 32,3). Cantar a Dios con maestría consiste en esto: cantar con júbilo. ¿Qué significa cantar con júbilo? Comprender y no saber explicar con palabras lo que canta el corazón. Aquellos que cantan durante la cosecha, o la vendimia, o durante cualquier trabajo intenso, primero advierten el placer provocado por las palabras del canto, pero enseguida, cuando la emoción crece, sienten que no puede expresarla más en palabras y entonces se entregan a la sola modulación de notas. Este canto lo llamamos con «júbilo». El júbilo es cierto cántico o sonido con el cual se significa que el corazón ha dado a luz lo que no puede expresar o decir”. (San Agustín. In Ps. 32,  Enar II, Sermo I, 8)

Ese arrobamiento que Agustín denomina «jubilus» pasó a identificarse en el canto gregoriano con los largos melismas que se extienden sobre una sola sílaba, principalmente en el «Aleluya», sobre la sílaba «YA» –curiosamente la abreviatura hebrea del nombre Dios– . Este «júbilo» o «jubilus» significa el canto gratuito, el gozo de cantar a Dios que no se agota en las palabras y en su comprensión, sino que se extiende en el gozo del cantar a su Señor, expresándose en un lenguaje casi trascendental, donde sombran incluso las palabras.

En la Misa el «Aleluya» tiene un lugar privilegiado como aclamación en el momento culmen de la liturgia de la Palabra, justo antes de proclamar el Evangelio. El propio Misal dice que esta aclamación constituye de por sí un rito o un acto  (OGMR, n. 37) con el que los fieles acogen y saludan al Señor que va a hablarles. Se podría describir así: todos en pie, se entona el Aleluya, se pone el incienso, el diácono pide la bendición y después, tomando el Evangeliario del altar, va en procesión, con cirios e incienso, hasta el ambón… la mesa de la Palabra, hacia donde todos nosotros dirigimos nuestra mirada porque es el mismo Cristo el que nos va a hablar.

Dicho esto, quizás sea importante recordar algunas cuestiones más prácticas:

1. El Aleluya tiene un profundo significado, el cual se subraya durante el tiempo de Pascua ya desde el inicio: con la entonación solemne en la Vigilia Pascual del Aleluya, justo después de la Epístola; la posibilidad de sustituir la antífona del salmo responsorial por un Aleluya; la despedida del pueblo con el doble Aleluya durante la octava de Pasuca y el día de Pentecostés. Había que incluir un largo etcétera sobre el uso del Aleluya en la Liturgia de las Horas durante el tiempo Pascual.

2. El canto del Aleluya, por su carácter gozoso, consiste precisamente en esto… en cantar repetidamente y con alegría la palabra Aleluya, sin añadir nada más. Así aparece cada día del año (excepto en Cuaresma) en las indicaciones del propio Leccionario: R/. Aleluya, Aleluya, Aleluya.

3. A la aclamación «Aleluya» le sigue el versículo propio del día, el cual, como el Aleluya, si no se canta, es preferible omitirlo (cf. OGMR, n. 63c; OLM, n. 23). Aunque literalmente el texto dice: El Aleluya o el versículo antes del Evangelio, si no se canta, puede omitirse, es obvio que tanto el Aleluya como el versículo deben ser cantados por su propio carácter festivo y porque las 17 veces que se menciona la OGMR (nn. 37, 43, 61, 62, 63, 64, 131, 132, 175, 212, 261) siempre va acompañado por la expresión: se canta..., se entona..., el canto del Aleluya..., ...u otro canto, etc. En definitiva, este momento "constituye de por sí un rito o un acto" (OGMR, n. 37) en el que el salmista o el cantor –después de cantar el Aleluya junto con el coro y la asamblea– ahora entona el versículo a modo de anuncio de lo que los fieles escucharán por boca del diácono o del sacerdote en la proclamación del Evangelio. De ahí que la rúbrica de la OGMR, n. 63c diga finalmente: si no se canta, puede omitirse, porque lo suyo es que se cante y si no se canta es preferible no leerlo porque se desvirtúa el profundo sentido de gozo que tiene esta aclamación, tal y como acabamos de explicar. A eso se le suma que leer el versículo no aportaría nada (al no ser cantado) porque el diácono o el sacerdote, unos segundos después, lo proclamará en el evangelio, ya que normalmente el versículo del Aleluya es eso, un "versículo" del Evangelio que sigue a continuación.

4. El Aleluya se canta durante todo el año litúrgico, excepto en Cuaresma. Es decir, no se limita solo al tiempo de Pascua.

5. En los funerales también se debe cantar el Aleluya –siempre que no sea cuaresma– porque este canto es la expresión gozosa de nuestra fe en Cristo resucitado, el cual ha vencido a la muerte. 



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